Las caricias nos hacen ser mejores. Por Tony Gutiérrez/Revista "El Comercio Tradicional al Detalle". Septiembre 26, 2017. Uneabasto.com

Todos, niños, jóvenes, adultos o personas de la tercera edad, mujeres u hombres, tenemos necesidad de ser tocados y reconocidos por los demás. Estas son, necesidades biológicas y psicológicas que se exponen en la teoría “Análisis Transaccional” del autor Eric Berne, a las que llama “hambres”.

Del mismo modo que la necesidad de alimento es saciada con comida, para subsanar la necesidad de estimulación, es necesario, e incluso imprescindible, que la persona sea tocada o reconocida por los demás. A este contacto o reconocimiento, el autor lo llama “caricia”, y se refiere a “cualquier acto que implique el reconocimiento de la presencia del otro”; es decir, cualquier estímulo social dirigido de un ser vivo a otro y que reconoce la existencia de éste.

La privación de caricias en un niño puede ocasionarle no sólo un deterioro psíquico, sino también orgánico, lo que da idea de la importancia de tener un entorno adecuado para un desarrollo exitoso ya de adulto.

Las formas más esenciales y efectivas de estímulo sensorial las proveen el contacto social y la intimidad física. Ser abrazados, acariciados, abrigados, alimentados, alentados y elogiados es necesario para un desarrollo exitoso, ya de adulto; cuando esto no es posible, ser agredidos o compadecidos, es una forma de reconocimiento.

Cuando existen carencias ambientales de importancia, tales como la falta de una madre, el abandono, la falta de contacto físico, etc., sea por las razones que fuera y en función de la gravedad, las reacciones van a ser de ansiedad aguda, de necesidad de amor, de sentimientos de tristeza, de miedo, etc.

Esas emociones resultan demasiado grandes e intensas para las inmaduras posibilidades de control de un niño, y por ello van a padecer el consiguiente trastorno en su organización psíquica.

Piénsalo, podrías mejorar la lealtad de tus clientes si practicas un poco de reconocimiento hacia ellos. Pruébalo.

Cuando las carencias afectivas han sido significativas, se afecta muy gravemente al desarrollo, provocando el llamado “trastorno de vinculación” que puede resultar fatal.

Un fenómeno similar se observa en los adultos, cuando como terapia para bajar el estrés, son sometidos a la privación sensorial (carencia total de luz, sonido, etc.), si lo hacen por mucho tiempo, ésto puede provocar depresión, desorientación, ansiedad, psicosis temporal, todo ello debido a que a nivel biológico tiene repercusiones importantes que pueden provocar cambios degenerativos en las células nerviosas.

Tanto socialmente como biológica y psicológicamente, el hambre de estímulos es paralela al hambre de alimentos. Términos como nutrirse, estar saciado, empachado, sobrealimentado, malnutrido, etc., valen para ambos casos y la elección para satisfacerse va a depender de las opciones existentes y de gustos personales.

A medida que un niño crece, el hambre primaria de contacto físico real se modifica y se convierte en hambre de reconocimiento. Una sonrisa, una señal de asentimiento, una palabra, un gesto, etc., reemplazan las caricias físicas y sirven para que la persona se sienta alimentada.

Estos comportamientos se van a ir repitiendo, y la repetición creará hábito. De esta manera, en virtud del tipo de caricias que una persona ha sido capaz de conseguir durante su infancia, se va a fijar el mismo procedimiento para conseguirlas durante toda su vida. Desde luego, cambiarán las situaciones, las personas, etc., pero la necesidad básica de fondo y el mecanismo para satisfacerlas será el mismo.

¿Qué haces tú para conseguir las caricias diarias que se requieren para vivir psíquica y biológicamente saludable?

¿Cuántas caricias das a tus hijos, a tu pareja, a tu equipo de trabajo?

Por: Tony Gutiérrez/ Revista "El Comercio Tradicional al Detalle", en colaboración con Uneabasto.com. Todos los derechos Reservados MMXVI

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